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Artikel 25 - Dos sinvergüenzas en pavoneo

Desde finales de Septiembre del 2025, las tensiones entre EE.UU. y Venezuela están subiendo semana a semana. Ahora, a principios de Diciembre, Nicolas Maduro, el presidente de Venezuela, ha hablado unos 20 minutos por teléfono con Donald Trump, el presidente de EE.UU., mientras en Cáracas los tanques van con velocidad reducida por las calles y las noticias transmiten niños aprendiendo cómo manejar un arma automática. Si Maduro aplicaba su inglés, que de momento lo hablará tanto dice, o con ayuda de un traductor no se sabe. Que Trump hablaba en español es aún menos probable. Se enfrentan dos incultos pero hasta ahora solo con palabras. Pero sus incapacidades no nos protegerán para siempre.

Estados Unidos tiene un problema enorme con el consumo de drogas. Las imágenes que circulan por los medios sociales de ciudades en California, que parece populado de zombies, son increíbles y aterrorizantes. Ya no es solo la cocaína o la marihuana, sino drogas sintéticas que se producen de manera casi industrial y con efectos intoxicantísimos. La mayoria de esas drogas viene de Latinoamérica. Esto es la razón porque a inicios de Octubre la marina estadounidense empezó a bombardear barcos del narcotráfico, supuestamente venezolanos, en el mar abierto. Donald Trump acusa a Nicolas Maduro de ser el líder del cártel de drogas de Venezuela. Si él se va, se va también el problema del abuso de drogas en los Estados Unidos. Maduro a la vez acusa a Trump, que es una violación de derechos internacionales y es nada más que un pretexto de un imperialista. Venezuela es el país con más petroleo bajo la tierra en todo el mundo y EE.UU. tiene una historia muy larga de pretextos democráticos similares para establecer de una u otra manera accesos económicos fáciles con países a los que les faltaban conceptos democráticos. Y si esto ya no fuera demasiado complicado, también los venezolanos parecen ser indecisos. Por un lado obviamente no quieren la guerra, pero por otro, por lo menos la diáspora, quiere que se acabe la dictadura de Maduro.

Latinoamérica ha sido inundada de espías y agentes de la CIA, un organismo del servicio secreto de EE.UU., para apoyar o no apoyar el uno o el otro presidente. La famosa guerra contra el terrorismo, en los años 2000, empezando en Iraq, y que hoy en día sabemos que está basado en una mentira de Collin Powel en pleno frente de las Naciones Unidas, ha dejado medio Oriente Medio en un estado destrozado y es inestable hasta hoy en día. EE.UU. y sus aliados siguen sus propios intereses sin darse la vuelta atras a los demás, siempre bajo la bandera democrática y el mundo libre. En Europa tenemos que vivir con las consecuencias. El terorismo islámico es nuestra nueva realidad. No es un fantasma, sino el día a día. Una guerra de EE.UU. en América latina no va a tener los mismos efectos que en Oriente Medio, igualmente van a suceder efectos geopolíticos o económicos que van a retroactivar también a Europa. Pueden ser hasta beneficiosos, quién sabrá, pero un presidente que dice de sí mismo que debería ser candidato al premio Nobel de la paz por resolver tantos conflictos y acabar con tantas guerras, tampoco debería empezar una nueva. Al final no ganó ese premio, pero hace dos días ha ganado el premio de paz de la FIFA. Sí de la FIFA, la organización que ha inventado la corrupción. Es preocupante la situación.

Aparte de todo esto, Estados Unidos está metido ya mucho en su alianza con Israel. Además, la influencia geopolítica de China está subiendo muchísimo. Entonces, abrir otra ijada en Venezuela podría dar a China más libertad en sus actividades militares en el Pacífico anectando a Taiwan. Sus interéses en la Ucrania parecen más de económia e igual la ayuda en la OTAN se limita ya solo a ser vendedor de armas en vez de aliado. Los EE.UU. no suelen ganar ninguna guerra sin uso de recursos enormes. Vietnam, Afganistán, Iraq, Siria, la lista de experiencias negativas es larga, pero los efectos residuales no. Desde fuera es siempre dificil prevenir, más cuando se trata del futuro. Pero una guerra en Venezuela tiene potencial a una avalancha global.

En conclusión, una guerra es muy cara. Hacerlo por los derechos humanos y establecer la democracia, ya solo por las mentiras del pasado, no es muy convencido. Aprender de la historia es reconocer, que unos saben cómo deberían vivir los demás y que les enseñen a la fuerza con una guerra. El destino de un pueblo tiene que ser decidido por si mísmo. Ahora mismo, ni la diáspora venezolana, ni los venezolanos en Venezuela parecen muy activados en manifestaciones. Entonces, teniendo en cuenta también los efectos secundarios de las guerras, que son imprevisibles y muchas veces dolorosas a terceros, esperamos que no haya guerra.